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viernes, 26 de febrero de 2016

Extracto de Baila, baila, baila - Haruki Murakami

Yo no soy un tipo raro.
De veras lo creo.
Quizá tampoco pueda decirse que soy un tipo corriente, pero raro no soy. Soy una persona extremadamente cabal, a mi manera. Muy directa. Directa como una flecha. Soy yo mismo de un modo sumamente natural e inevitable. Dado que es un hecho evidente, no me importa demasiado lo que los demás piensen de mí. La manera en que los demás me ven no me atañe. Más bien, eso es algo que sólo les atañe a ellos. 
Algunas personas me consideran más memo de lo que soy en realidad, y otras me estiman en mayor medida de lo que en realidad valgo. Pero me da igual. Además, la expresión «en realidad» sólo se funda en la imagen que he creado de mí mismo. Me consideran un verdadero memo o alguien digno de estima. En ambos casos, me trae sin cuidado. Eso carece de importancia. En este mundo no existen las malinterpretaciones. Apenas, la discrepancia de ideas. Así lo veo yo. 
Por otra parte, hay personas que se ven arrastradas por esa cabalidad que llevo dentro. Son escasas, pero existen. Esas personas —sean hombres o mujeres— y yo nos atraemos y después nos alejamos con toda naturalidad, como astros errantes en el oscuro espacio del cosmos. Vienen a mí, se relacionan conmigo y un buen día se marchan. Se convierten en mis amigos, mis amantes, mi mujer. Algunos también pueden volverse enemigos. Pero, al final, siempre se alejan de mí. Se rinden o se desesperan o se quedan callados (aunque se abra el grifo, ya nada sale) y se marchan. Mi vivienda tiene dos puertas. Una de entrada y otra de salida. No son intercambiables. No se puede salir por la entrada o entrar por la salida. Así está establecido. La gente entra por la entrada y sale por la salida. Hay distintas formas de entrar y salir. Pero al final todos salen. Algunas personas lo hacen a fin de probar nuevas posibilidades y otras para ahorrar tiempo. Otras porque mueren. No queda nadie. En mi apartamento no hay nadie, aparte de mí. Y siempre noto la ausencia de los que se han marchado. Las palabras que pronunciaron, sus alientos, las canciones que susurraron, las veo flotar como polvo en cada rincón de mi apartamento. 
Me da la impresión de que la imagen que todos ellos tenían de mí era bastante precisa. Por ese motivo todos se acercaron a mí y al poco tiempo se marcharon. Fueron testigos de mi cabalidad y de la honestidad —no se me ocurre otra palabra— con que intenté preservar esa cabalidad. Ellos intentaron decirme algo y abrirme sus corazones. Casi todos eran amables. Pero yo fui incapaz de ofrecerles nada. Y aunque hubiera sido capaz, no habría sido suficiente. Me esforcé en darles todo lo que podía. Hice cuanto estaba a mi alcance. A mi vez, buscaba algo en ellos. Pero nunca funcionaba y acababan marchándose. 
Era penoso, sin duda.
Pero lo más penoso es que se marchaban mucho más tristes que cuando habían llegado. Algo en su interior se había gastado un poco más, y se iban. Yo me daba cuenta. Por extraño que pueda parecer, daban la impresión de haberse desgastado más que yo. ¿Por qué será? ¿Por qué siempre soy yo el que se queda? ¿Y por qué en mis manos permanece siempre la sombra de los que se han desgastado? No tengo ni idea. 
Los datos son insuficientes. 
Por eso siempre se me deniegan las respuestas. 
Falta algo.

martes, 19 de enero de 2016

Visión y del enigma, "Así habló Zarathustra" - Friedrich Nietzsche

«¡Detente, enano -dije-, o tú, o yo! ¡Pero yo soy el más fuerte! ¡Tú no conoces mi pensamiento abismal! ¡Ése -no podrías soportarlo!»

Entonces ocurrió algo que alivió mi corazón, pues el enano, el muy curioso, saltó desde mis espaldas al suelo y se sentó en cuclillas ante mí, sobre una piedra. En aquel lugar en que nos detuvimos había un portón.

«¡Mira ese portón, enano! -le dije-. Tiene dos caras: dos caminos concurren aquí, que nadie ha recorrido aún hasta su extremo.

Esa larga calle hacia atrás se prolonga una eternidad; y esa larga calle hacia adelante, otra eternidad.

Los dos senderos se contraponen: sus cabezas chocan y convergen en este portón. En él está escrito su nombre: "Instante".

Mas si alguien recorriese uno de ellos, alejándose más y más, ¿crees tú, enano, que se contradirán eternamente?»

«Todo cuanto se extiende en línea recta miente -murmuró con desprecio el enano-. Toda verdad es curva, y el tiempo es un círculo.»

«¡Oh, espíritu de la pesadez! -repliqué, iracundo-, ¡no tomes las cosas tan a la ligera! ¡O te dejaré en cuclillas ahí donde estás, cojitranco! ¡No olvides que yo te he subido a estas alturas!»

Y luego proseguí: «¡Mira este instante! A partir del portón llamado Instante corre hacia atrás una calle sin fin: detrás de nosotros yace una eternidad.

¿Acaso no tendrá que haber recorrido alguna vez esta calle todo cuanto puede correr? ¿Acaso no tendrá que haber ocurrido ya alguna vez cada una de las cosas que pueden ocurrir?

Y si todo ha ocurrido ya, ¿qué piensas tú, enano, sobre el instante presente? ¿No tendrá también este portón que haber existido ya? ¿Y no están todas las cosas anudadas con fuerza, de modo que este instante arrastra tras de sí todas las cosas venideras? ¿Por tanto, incluso a sí mismo?

Pues cada una de las cosas que pueden correr también por esa larga calle hacia adelante, ¿acaso no tienen que volver a recorrer de nuevo su largo camino?

Y esa perezosa araña que se arrastra a la luz de la luna, y esa misma luz de la luna, y yo y tú, que cuchicheamos en este portón sobre cosas eternas, ¿no tenemos todos nosotros que haber existido ya otra vez?

¿Y venir de nuevo, y recorrer aquella otra calle, hacia adelante, que se extiende ante nosotros, aquella calle larga y horrenda? ¿No tendremos que retornar eternamente?»

Así dije con voz cada vez más baja; pues me amedrentaban mis propios pensamientos, y su trasfondo. Entonces, de golpe, oí aullar a un perro allí cerca.

¿Había oído ya alguna vez aullar así a un perro? Mi imaginación me transporta de nuevo a fechas remotas. ¡Sí, a la época de mi infancia, de mi más lejana niñez! Entonces fue cuando oí aullar así a un perro. Y además se apareció ante mí, con los pelos crispados, alargando el cuello, mirando al cielo y tiritando de terror, en la hora más callada de la noche, en esa hora en que hasta los perros creen en fantasmas. Y me dio lástima. Justo en aquel momento la luna llena, en medio de un silencio sepulcral, apareció como un disco de fuego sobre las planas techumbres, como sobre propiedad ajena. Aquello exasperó al perro, pues los perros creen en ladrones y en fantasmas. Cuando nuevamente le oí aullar volví a sentir lástima por él.

Mas ¿qué había pasado con el enano, con el portón, con la araña y con todo el cuchicheo? ¿Habría sido todo un sueño? ¿Estaría ahora ya despierto? De repente me hallé entre peñascos agrestes, solo, abandonado, en el más desierto claro de luna.

¡Pero allí yacía por tierra un hombre! ¡Allí, ante mí! El perro andaba saltando, con el pelo erizado, gimiendo. Ahora él me veía llegar -y entonces aulló de nuevo, gritó. ¿Había oído yo nunca gritar así a un perro pidiendo socorro?

En verdad, jamás había visto nada parecido a lo que entonces vi allí. Un pastorcillo se retorcía en el suelo, anhelante y convulso, con la cara descompuesta: de su boca pendía una gran culebra negra.

¿Había visto yo jamás tal expresión de náusea y de pavor en un solo rostro humano? Quizá aquel pobre pastorcillo dormía cuando la culebra penetró en su garganta y se aferró a ella, mordiendo.

Con la mano tiré del reptil, tiré y tiré -¡en vano! ¡No pude arrancarlo! Entonces se me escapó un grito: «¡Muerde, muerde!»

«¡Arráncale la cabeza, muérdele!», me gritaban mi horror, mi odio, mi asco y mi compasión. Todo en cuanto en mí había, bueno y malo, gritaba en mí, con un único grito.

¡Vosotros los valientes que me escucháis! ¡Vosotros buscadores, indagadores, y cuantos de vosotros se han lanzado con velas astutas a mares inexplorados!, ¡vosotros que amáis los enigmas! ¡Resolved este que yo contemplé entonces, interpretadme la visión del hombre más solitario!

Pues fue una visión y una previsión. ¿Qué símbolo vi yo entonces? Y ¿quién es el que algún día tiene que venir?

¿Quién es el pastor en cuya garganta se introdujo el reptil? ¿Quién es el hombre cuya garganta ha de ser así atacada por las cosas más negras y más pesadas?

Pero el pastorcillo mordió, según le aconsejó mi grito, y mordió con todas sus fuerzas. Escupió lejos de sí la cabeza de la serpiente, y se puso en pie de un salto.

Ya no un pastor, ya no un hombre -¡un transfigurado, un iluminado, reía! ¡Jamás rió tanto sobre la tierra hombre alguno!

¡Oh, hermanos, yo oí una risa que no era risa de hombre!

Y ahora me devora una sed, un insaciable anhelo.

Mi anhelo de esa risa me devora. ¡Oh, cómo soporto el vivir aún! ¡Y cómo soportaría el morir ahora!

Así habló Zarathustra.

lunes, 14 de septiembre de 2015

La Insoportable Levedad del Ser / Cap. 6 (Primera Parte) - Milan Kundera

El acuerdo tácito sobre la amistad erótica presuponía que Tomás dejaba el amor fuera de su vida. En cuanto incumpliese esta condición, sus demás amantes se encontrarían en una posición secundaria y se rebelarían.

Por eso buscó para Teresa un piso de alquiler al que ella tuvo que llevar su pesada maleta. Quería velar por ella, defenderla, disfrutar de su presencia, pero no sentía necesidad de cambiar su estilo de vida. Por eso no quería que se supiera que Teresa dormía en su casa. Dormir juntos era, en realidad, el corpus delicti del amor.

Nunca dormía con las demás amantes. Cuando iba a verlas a sus casas, la cuestión era sencilla, podía irse cuando quería. Peor era cuando ellas estaban en casa de él y había que explicarles que a medianoche debía llevarlas a sus casas porque tenía problemas de insomnio y era incapaz de dormir en la inmediata proximidad de otra persona. Aquello no estaba muy lejos de la verdad, pero la causa principal era peor y no se atrevía a contársela: en el mismo momento en que terminaba el acto amoroso sentía un deseo insuperable de quedarse solo; despertarse en medio de la noche junto a una persona extraña le desagradaba; levantarse por la mañana junto con alguien le producía rechazo; no tenía ganas de que nadie oyese cómo se limpiaba los dientes en el cuarto de baño y la intimidad del desayuno parados no le atraía.

Por eso se sorprendió tanto cuando se despertó y Teresa cogía con fuerza su mano. La miraba y no podía entender qué había pasado. Se acordaba de las horas que acababan de pasar y le parecía que de ellas se desprendía el perfume de quién sabe qué felicidad desconocida.

Desde entonces los dos disfrutaban durmiendo juntos. Diría casi que el objetivo del acto amoroso no era para ellos el placer sino el sueño que venía después de aquél. Ella, en particular, no podía dormir sin él. Cuando alguna vez se quedaba sola en su piso alquilado (que iba convirtiéndose cada vez más en una simple tapadera), no podía conciliar el sueño en toda la noche. En sus brazos se dormía por más excitada que estuviera. Él le susurraba al oído historias que inventaba para ella, cosas sin sentido, palabras que repetía monótonamente, consoladoras o chistosas. Aquellas palabras se convertían en visiones confusas que la transportaban hasta el primer sueño. Tenía el sueño de ella totalmente en su poder y ella se dormía en el instante que él elegía.

Cuando dormían, se aferraba a él como la primera noche: se cogía con fuerza de su muñeca, de su dedo, de su tobillo. Si quería alejarse sin despertarla, debía utilizar algún truco. Liberaba el dedo (la muñeca, el tobillo) de su encierro, lo cual siempre la despertaba a medias, porque ni aun dormida dejaba de vigilar atentamente lo que él hacía. Se calmaba cuando en lugar de su muñeca ponía en su mano algún objeto (un pijama retorcido, un zapato, un libro) que ella luego apretaba firmemente como si fuera parte del cuerpo de él.

Una vez, mientras la adormecía y ella no había pasado aún de la primera antesala del sueño, de modo que todavía era capaz de responder a sus preguntas, le dijo: «Bueno. Yo ahora me voy». « ¿Adonde?», le preguntó. «Me voy», dijo con voz severa. « ¡Voy contigo!», dijo y se incorporó. «No, no puedes. Me voy para siempre», dijo y salió de la habitación al vestíbulo. Ella se levantó y con los ojos entrecerrados fue tras él. No llevaba más que un camisón corto, sin nada debajo. Su cara permanecía impasible, inexpresiva, pero sus movimientos eran enérgicos. El salió del vestíbulo al pasillo (el pasillo común del edificio) y cerró la puerta. Ella la abrió bruscamente y fue tras él, convencida en su sueño de que quería irse para siempre y de que debía detenerlo. El bajó las escaleras hasta el primer descansillo y allí la esperó. Ella llegó hasta él, lo cogió de la mano y se lo llevó de regreso a la cama.


Tomás se decía: hacer el amor con una mujer y dormir con una mujer son dos pasiones no sólo distintas sino casi contradictorias. El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien (este deseo se produce en relación con una cantidad innumerable de mujeres), sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se produce en relación con una única mujer).

jueves, 10 de septiembre de 2015

La Insoportable Levedad del Ser / Cap. 4 (Primera Parte) - Milan Kundera

Pero luego, un día, en un descanso entre dos operaciones, la enfermera le avisó que le llamaban al teléfono. En el auricular oyó la voz de. Teresa. Le llamaba desde la estación. Se alegró. Era una lástima que para esa misma noche ya hubiera quedado en ir a visitar a unos amigos, de modo que la invitó a venir a su casa al día siguiente. En cuanto colgó se arrepintió de no haberle dicho que viniera en seguida. ¡Si aún tenía tiempo de aplazar la visita! Se puso a pensar en qué podría hacer Teresa en Praga teniendo que esperar nada menos que treinta y seis horas hasta verlo, y le dieron ganas de coger el coche e ir a buscarla por las calles de la ciudad.

Llegó al día siguiente al anochecer, llevaba un bolso colgado del hombro con una correa larga y le pareció más elegante que la otra vez. Tenía en la mano un libro grueso. Era Ana Karenina de Tolstoi. Su comportamiento era alegre, incluso un tanto ruidoso, y trataba de que pareciera que había ido a verle por casualidad, gracias a una feliz coincidencia: estaba en Praga por motivos de trabajo o quizá (sus explicaciones eran muy confusas) para ver si encontraba un trabajo.

Estaban acostados, más tarde, desnudos y fatigados, los dos juntos en la cama. Era ya de noche. Él le preguntó dónde se alojaba, para llevarla en coche. Le respondió tímidamente que todavía no había buscado hotel y que la maleta la tenía en la consigna de la estación.

Ayer mismo había tenido miedo de que, si la invitaba a visitarle en Praga, viniera a ofrecerle toda su vida. Cuando ahora le dijo que tenía la maleta en la consigna, se dio cuenta de inmediato de que en esa maleta estaba toda la vida de ella y de que la había dejado momentáneamente en la estación antes de ofrecérsela.

Cogió el coche que estaba aparcado delante del edificio, fue hasta la estación, recogió la maleta (era grande y enormemente pesada) y regresó a casa, con la maleta y con ella.

¿Cómo es posible que se decidiera con tanta rapidez cuando había estado casi catorce días dudando y sin ser capaz de enviarle ni siquiera una postal con un saludo?

El mismo estaba sorprendido. Estaba actuando en contra de sus principios. Hace diez años se divorció de su primera mujer y vivió el divorcio con el ánimo festivo con que otros celebran su boda. Se daba cuenta de que no había nacido para convivir con una mujer y de que sólo podía encontrarse plenamente a sí mismo viviendo como un solterón. Puso todo su empeño en organizarse tal sistema de vida que nunca pudiera ya entrar en su casa una mujer con su maleta. Ese era el motivo por el cual no tenía en su casa más que una cama. A pesar de que era una cama bastante ancha, Tomás les decía a todas sus amantes que era incapaz de dormir si compartía la cama con alguien y las llevaba a todas a medianoche a sus casas. Por lo demás, la primera vez que Teresa se quedó en su casa con la gripe, nunca durmió con ella. La primera noche él la pasó en un sofá grande y la noche siguiente se marchó al hospital, donde tenía su despacho y en él una camilla que utilizaba durante las guardias.

Pero esta vez se durmió a su lado. Por la mañana se despertó y comprobó que Teresa, que aún  dormía, lo tenía cogido de la mano. ¿Habrían estado así durante toda la noche? Le parecía difícil creerlo.

Ella respiraba profundamente entre sueños, apretaba su mano (con fuerza, no fue capaz de lograr que se la soltara), y la maleta enormemente pesada estaba a su lado, junto a la cama.

Temía intentar que le soltara la mano, por no despertarla, y con mucho cuidado se dio media vuelta hasta apoyarse en un costado para poder observarla mejor.

Volvió a imaginar que Teresa era un niño al que alguien había colocado en un cesto untado con pez y lo había mandado río abajo. ¡No se puede dejar que un cesto con un niño dentro navegue por un río embravecido! ¡Si la hija del faraón no hubiera rescatado de las olas el cesto del pequeño Moisés, no hubiera existido el Antiguo Testamento ni toda nuestra civilización! Hay tantos mitos que comienzan con alguien que salva a un niño abandonado. ¡Si Pólibo no se hubiera hecho cargo del pequeño Edipo, Sófocles no hubiera escrito su más bella tragedia!


Tomás no se daba cuenta en aquella ocasión de que las metáforas son peligrosas. Con las metáforas no se juega. El amor puede surgir de una sola metáfora.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

La Insoportable Levedad del Ser / Cap. 3 (Primera Parte) - Milan Kundera

Pienso en Tomás desde hace años, pero no había logrado verlo con claridad hasta que me lo iluminó esta reflexión. Lo vi de pie junto a la ventana de su piso, mirando a través del patio hacia la pared del edificio de enfrente, sin saber qué debe hacer.

Se encontró por primera vez a Teresa hace unas tres semanas en una pequeña ciudad checa. Pasaron juntos apenas una hora. Lo acompañó a la estación y esperó junto a él hasta que tomó el tren. Diez días más tarde vino a verle a Praga. Hicieron el amor ese mismo día. Por la noche le dio fiebre y se quedó toda una semana con gripe en su casa.

Sintió entonces un inexplicable amor por una chica casi desconocida; le pareció un niño al que alguien hubiera colocado en un cesto untado con pez y lo hubiera mandado río abajo para que Tomás lo recogiese a la orilla de su cama.

Teresa se quedó en su casa una semana, hasta que sanó, y luego regresó a su ciudad, a unos doscientos kilómetros de Praga. Y entonces llegó ese momento del que he hablado y que me parece la llave para entrar en la vida de Tomás: está junto a la ventana, mira a través del patio hacia la pared del edificio de enfrente y piensa:

¿Debe invitarla a venir a vivir a Praga? Le daba miedo semejante responsabilidad. Si la invitase ahora, vendría junto a él a ofrecerle toda su vida.

¿O ya no debe dar señales de vida? Eso significaría que Teresa seguiría siendo camarera en un restaurante de una ciudad perdida y que él ya no la vería nunca más.

¿Quería que ella viniera a verle, o no quería?

Miraba a través del patio hacia la pared de enfrente y buscaba una respuesta.

Se acordaba una y otra vez de cuando estaba acostada en su cama: no le recordaba a nadie de su vida anterior. No era ni una amante ni una esposa. Era un niño al que había sacado de un cesto untado de pez y había colocado en la orilla de su cama. Ella se durmió. Él se arrodilló a su lado. Su respiración afiebrada se aceleró y se oyó un débil gemido. Apretó su cara contra la de ella y le susurró mientras dormía palabras tranquilizadoras. Al cabo de un rato sintió que su respiración se serenaba y que la cara de ella ascendía instintivamente hacia la suya. Sintió en su boca el suave olor de la fiebre y lo aspiró como si quisiera llenarse de las intimidades de su cuerpo. Y en ese momento se imaginó que ya llevaba muchos años en su casa y que se estaba muriendo. De pronto tuvo la clara sensación de que no podría sobrevivir a la muerte de ella. Se acostaría a su lado y querría morir con ella. Conmovido por esa imagen hundió en ese momento la cara en la almohada junto a la cabeza de ella y permaneció así durante mucho tiempo.

Ahora estaba junto a la ventana e invocaba ese momento. ¿Qué podía ser sino el amor que había llegado de ese modo para que él lo reconociese?

Pero ¿era amor? La sensación de que quería morir junto a ella era evidentemente desproporcionada: ¡era la segunda vez que la veía en la vida! ¿No se trataba más bien de la histeria de un hombre que en lo más profundo de su alma ha tomado conciencia de su incapacidad de amar y que por eso mismo empieza a fingir amor ante sí mismo? ¡Y su subconsciente era tan cobarde que había elegido para esa comedia precisamente a una pobre camarera de una ciudad perdida, que no tenía prácticamente la menor posibilidad de entrar a formar parte de su vida!

Miraba a través del patio la sucia pared y se daba cuenta de que no sabía si se trataba de histeria o de amor.

Y le dio pena que, en una situación como aquélla, en la que un hombre de verdad sería capaz de tomar inmediatamente una decisión, él dudase, privando así de su significado al momento más hermoso que había vivido jamás (estaba arrodillado junto a su cama y pensaba que no podría sobrevivir a su muerte).

Se enfadó consigo mismo, pero luego se le ocurrió que en realidad era bastante natural que no supiera qué quería:

El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores.

¿Es mejor estar con Teresa o quedarse solo?

No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni siquiera boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro.


«Einmal ist keinmal», repite Tomás para sí el proverbio alemán. Lo que sólo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca. Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto.

martes, 11 de agosto de 2015

La biblioteca secreta - Haruki Murakami

— A partir de aquí creo que hay un laberinto complicado.
—Sí, es cierto —dijo el hombre-oveja—. Yo también tengo la impresión de que hay un laberinto. Pero no estoy muy seguro. ¡En fin! Ya nos las ingeniaremos.
Al oírlo, me sentí algo inquieto. El peligro de los laberintos radica en que, hasta que no avanzas un buen trecho, no sabes si has elegido o no el camino correcto. Y cuando llegas al final y te das cuenta de que te has equivocado, ya suele ser demasiado tarde para retroceder. Ese es el problema de los laberintos.

domingo, 17 de mayo de 2015

La ignorancia - 35 - Milan Kundera

Tampoco la memoria es comprensible sin un acercamiento matemático. El dato fundamental radica en la relación numérica entre el tiempo de la vida vivida y el tiempo de la vida almacenada en la memoria. Nunca hemos intentado calcular esta relación y, por otra parte, no disponemos de ningún medio técnico para hacerlo; no obstante, sin grandes riesgos de equivocarme, puedo suponer que la memoria no conserva sino una millonésima, una milmillonésima, o sea una parcela muy ínfima, de la vida vivida. Esto también forma parte de la esencia misma del hombre. Si alguien pudiera conservar en su memoria todo lo que ha vivido, si pudiera evocar cuando quisiera cualquier fragmento de su pasado, no tendría nada que ver con un ser humano: ni sus amores, ni sus amistades, ni sus odios, ni su facultad de perdonar o de vengarse se parecerían a los nuestros.

Nunca nos cansaremos de criticar a quienes deforman el pasado, lo reescriben, lo falsifican, exageran la importancia de un acontecimiento o callan otro; estas críticas están justificadas (no pueden no estarlo), pero carecen de importancia si no van precedidas de una crítica más elemental: la crítica de la memoria humana como tal. Porque, la pobre, ¿qué puede hacer ella realmente? Del pasado sólo es capaz de retener una miserable pequeña parcela, sin que nadie sepa por qué exactamente ésa y no otra, pues esa elección se formula misteriosamente en cada uno de nosotros ajena a nuestra voluntad y nuestros intereses. No comprenderemos nada de la vida humana si persistimos en escamotear la primera de todas las evidencias: una realidad, tal cual era, ya no es; su restitución es imposible.

Incluso los más abundantes archivos se muestran impotentes. Consideremos el antiguo diario de Josef como una pieza de archivo que conserva las notas del auténtico testigo de un pasado; las notas hablan de hechos que el autor no tiene motivos para negar, pero que tampoco puede confirmar su memoria. De todo lo que cuenta el diario, un único detalle ha iluminado un recuerdo nítido y sin duda preciso: se vio en el sendero de un bosque contándole a una estudiante de bachillerato la mentira de su traslado a Praga; esta pequeña escena, en rigor esta sombra de escena (ya que no recuerda más que el sentido general de su comentario y el hecho de haber mentido), es la única parcela de vida que, adormilada, permaneció en su memoria. Pero quedó aislada de lo que la precedió y de lo que la siguió: ¿debido a qué comentario, a qué acto, la estudiante de bachillerato le incitó a inventarse ese embuste? Y ¿qué ocurrió después? ¿Cuánto tiempo persistió él en su engaño? Y ¿cómo se salió de él?

Si quisiera contar este recuerdo como una pequeña anécdota con pies y cabeza, se vería obligado a insertar otros acontecimientos en esta secuencia causal, otros actos y otras palabras; pero, como los ha olvidado, no le quedaría más remedio que inventarlos; lo cual, por otra parte, hizo espontáneamente para sí mismo cuando aún estaba inclinado sobre las páginas del diario:

al mocoso le sacaba de quicio no encontrar señal alguna de éxtasis en el amor de su chica; cuando le tocaba el culo, ella le quitaba la mano; para castigarla, le había dicho que se trasladaba a Praga; llena de tristeza, ella se había dejado meter mano y había declarado que comprendía a los poetas que siguen siendo fieles hasta la muerte; de modo que todo le salió a pedir de boca, sólo que, después de una o dos semanas, la chica había deducido que, en vista de que su amigo quería trasladarse, más le valía reemplazarlo a tiempo por otro; empezó a buscarlo, el mocoso lo adivinó y no pudo contener los celos; con el pretexto de una estancia en la montaña adonde ella debía ir sin él, le montó aquella escena de histerismo; él se puso en ridículo; ella lo dejó.

Aunque hubiera querido acercarse lo más posible a la verdad, Josef no podía pretender que su anécdota fuera idéntica a lo que realmente había vivido; sabía que se trataba tan sólo de un poco de verosimilitud para encubrir lo que había quedado en el olvido.

Me imagino la emoción de dos seres que vuelven a verse después de muchos años. En otros tiempos, se han frecuentado y creen, por lo tanto, que están vinculados por la misma experiencia, por los mismos recuerdos. ¿Los mismos recuerdos? Ahí precisamente empieza el malentendido: no tienen los mismos recuerdos; los dos conservan del pasado dos o tres situaciones breves, pero cada uno las suyas; sus recuerdos no se parecen; no se encuentran; incluso cuantitativamente no pueden compararse: el uno se acuerda del otro más de lo que éste se acuerda de él; primero, porque la capacidad de memoria difiere de un individuo a otro (lo cual aún sería una respuesta aceptable para cada uno de ellos), pero también (y eso cuesta más admitirlo) porque la importancia de uno para el otro no es la misma. Cuando Irena vio a Josef en el aeropuerto, recordaba cada detalle de su aventura pasada; Josef no recuerda nada. Desde el primer instante, su encuentro quedó marcado por una injusta e indignante desigualdad.

sábado, 16 de mayo de 2015

La ignorancia - 34 - Milan Kundera

El ser humano vive un promedio de ochenta años. Contando con esta duración, cada cual imagina y organiza su vida. Lo que acabo de decir lo sabe todo el mundo, pero pocas veces nos damos cuenta de que el número de años que nos han sido asignados no es un simple dato cuantitativo, una característica exterior (como el largo de la nariz o el color de los ojos), sino que forma parte de la definición misma del hombre. Aquel que pudiera vivir, en la plenitud de sus fuerzas, el doble de tiempo, digamos ciento sesenta años, no pertenecería a la misma especie que nosotros. Nada ya sería igual en su vida, ni el amor, ni las ambiciones, ni los sentimientos, ni la nostalgia, nada. Si un emigrado, después de vivir veinte años en el extranjero, volviera a su país natal con cien años más ante él, ya no sentiría la emoción del Gran Regreso, probablemente para él ya no sería en absoluto un regreso, tan sólo una más de las muchas vueltas que da la vida en el largo transcurrir de la existencia.

Porque la noción misma de patria, en el sentido noble y sentimental de la palabra, va vinculada a la relativa brevedad de nuestra vida, que nos brinda demasiado poco tiempo para que sintamos apego por otro país, por otros países, por otras lenguas.

Las relaciones eróticas pueden llenar toda la vida adulta. Pero si la vida fuera mucho más larga, ¿no aplacaría el cansancio la capacidad de excitarse mucho antes de que declinara la fuerza física? Porque hay una enorme diferencia entre el primero, el décimo, el centésimo, el milésimo o el enésimo coito. ¿Dónde se situaría la frontera tras la cual la repetición se volvería estereotipada, si no cómica, incluso imposible? Y, una vez traspasado este límite, ¿qué ocurriría con la relación amorosa entre un hombre y una mujer? ¿Desaparecería? ¿O, por el contrario, los amantes considerarían la fase sexual de su vida como la prehistoria bárbara de un amor verdadero? Contestar a estas preguntas es tan fácil como imaginar la psicología de los habitantes de un planeta desconocido.

La noción de amor (de un gran amor, de un amor único) nació probablemente también con los estrechos límites del tiempo que nos ha sido dado. Si este tiempo no tuviera límites, ¿sentiría Josef tanto apego por su mujer difunta? Nosotros, a quienes nos tocará morir muy pronto, no lo sabemos.

viernes, 15 de mayo de 2015

La ignorancia - 33 - Milan Kundera

¡Un instante antes se había diluido en el azul radiante! ¡Era inmaterial, se había transmutado en claridad!

Pero, de repente, el cielo se volvió negro. Y ella, otra vez en tierra, volvió a ser materia pesada y sombría. Sin comprender apenas lo que había pasado, no podía despegar la mirada de allá arriba: el cielo era negro, negro, implacablemente negro.

Una parte de su cuerpo temblaba de frío, la otra estaba insensible. Eso la asustó. Se levantó. Tras unos segundos recordó: un hotel de montaña; los condiscípulos. Confundida, con el cuerpo aterido, buscó el camino. En el hotel llamaron una ambulancia, que se la llevó.

Durante los días que siguieron, en la cama del hospital, sus dedos, sus orejas, su nariz, al principio insensibles, le hicieron un daño atroz. Los médicos la calmaron, pero una enfermera disfrutó contándole todas las imaginables consecuencias de la congelación: hay quien puede terminar con los dedos amputados. Presa de espanto, imaginó un hacha; un hacha de cirujano; un hacha de carnicero; imaginó su mano sin dedos y los dedos cortados, a la vista, junto a ella en una camilla en la sala de operaciones. Aquella noche para cenar le dieron carne. No pudo comérsela. Imaginó en el plato trozos de su propia carne.

Sus dedos volvieron dolorosamente a la vida, pero su oreja izquierda se puso negra. El cirujano, un viejo triste y compasivo, se sentó en el borde de la cama para anunciarle que se la amputaría.
Ella gritó. ¡Su oreja izquierda! ¡Su oreja! ¡Dios mío! Su rostro, su hermoso rostro, ¡con una oreja menos! Nadie pudo calmarla.

¡Ay, todo había salido al revés de lo que había planeado! Había pensado convertirse en una eternidad que aniquilara todo porvenir y, en cambio, el porvenir estaba de nuevo allí, invencible, hediondo, repugnante, como una serpiente que se retuerce ante sus ojos, se le enrosca en las piernas y avanza arrastrándose para señalarle el camino.

En el instituto, corrió la noticia de que se había perdido y había vuelto medio congelada. La riñeron por indisciplinada y porque, a pesar del programa obligatorio, vagaba por ahí como una tonta sin tener el más elemental sentido de la orientación para regresar al hotel, perfectamente visible de lejos.

Al volver a casa, se negó a salir a la calle. Le horrorizaba la idea de encontrarse con gente conocida. Sus padres, desesperados, se las arreglaron para cambiarla discretamente de instituto en una ciudad cercana.

¡Ay, todo había salido al revés de como le hubiera gustado! Había soñado con morir misteriosamente. Lo había preparado todo para que nadie pudiera saber si su muerte había sido un accidente o un suicidio. Había querido enviarle a él su muerte como una señal secreta, una señal de amor desde el más allá, que sólo fuera comprensible para él. Lo había previsto todo muy bien, salvo, tal vez, la cantidad de somníferos; salvo, tal vez, la temperatura, que, mientras iba adormeciéndose, había subido. Había creído que el hielo iba a sumirla en el sueño y en la muerte, pero el sueño era demasiado leve; había abierto los ojos y visto el cielo negro.

Los dos cielos habían dividido su vida en dos partes: el cielo azul, el cielo negro. Bajo este último caminaría hacia su muerte, hacia su verdadera muerte, la muerte lejana y trivial de la vejez.


¿Y él? Él vivía bajo un cielo que había dejado de existir para ella. Ya no la buscaba, ella tampoco le buscaba. Su recuerdo no suscitaba en ella ni amor ni odio. Cuando pensaba en él, estaba como anestesiada, sin ideas, sin emociones.

jueves, 14 de mayo de 2015

La ignorancia - 29 - Milan Kundera

Morir; decidirse a morir; es más fácil para un adolescente que para un adulto. ¿Qué? ¿Acaso la muerte no priva al adolescente de una mayor porción de porvenir? Sí, es cierto, pero para un joven el porvenir es algo lejano, abstracto, irreal, en lo que no acaba de creer.

Ella contemplaba asombrada su amor acabado, el más hermoso periodo de su vida, que se alejaba, lentamente, para siempre; ya nada existiría para ella sino ese pasado; ante él quería hacerse notar, y a él quería hablar y enviar señales. El porvenir no le interesaba; deseaba la eternidad; la eternidad es el tiempo detenido, inmovilizado; el porvenir hace imposible la eternidad; deseaba aniquilar el porvenir.

Pero ¿cómo morir en medio de un montón de estudiantes, en un hotelito de montaña, en todo momento a la vista de todos? Ya lo tiene: salir del hotel, ir muy lejos, muy lejos naturaleza adentro y en algún lugar apartado tumbarse en la nieve y dormir. La muerte vendrá mientras duerma, muerte por congelación, muerte dulce, sin dolor. Tan sólo habrá que pasar por un momento de enfriamiento. Incluso podrá reducirlo con la ayuda de unos cuantos somníferos. De un frasco que encontró en su casa se llevó cinco, no más, para que su madre no cayera en la cuenta.

Planeó esa muerte con todo su sentido práctico. Salir por la tarde y morir de noche, ésa fue la primera idea, pero la rechazó: en el comedor se darían cuenta enseguida de su ausencia a la hora de la cena y aún más en el dormitorio por la noche; no le daría tiempo a morir. Con astucia, eligió el momento de la sobremesa, cuando todo el mundo echa la siesta antes de volver a esquiar: un descanso durante el cual nadie se percataría de su ausencia.

¿No veía una llamativa desproporción entre la insignificancia de la causa y la enormidad del acto? ¿Acaso no sabía que lo que proyectaba hacer era excesivo? Sí, pero precisamente lo que la atraía era el exceso. No quería ser razonable. No quería ser comedida. No quería medir, no quería razonar. Admiraba su propia pasión, aun sabiendo que la pasión, por definición, es un exceso. Como ebria, no quería salir de esa ebriedad.

Llega el día elegido. Sale del hotel. Al lado de la puerta de entrada hay un termómetro: diez grados bajo cero. Se pone en camino y comprueba que la angustia se impone a la ebriedad; en vano busca aquel hechizo; en vano apela a las ideas que han acompañado su sueño de muerte; no obstante, sigue adelante (sus compañeros están en aquel momento echando la siesta obligatoria) como si cumpliera una tarea que le hubiera sido encomendada, como si desempeñara un papel que le hubiera sido adjudicado. Su alma está vacía, carente de sentimiento alguno, al igual que el alma de un actor que recita un texto sin pensar ya en lo que dice.

Sube por un largo sendero que resplandece de nieve y llega a una cima. Arriba, el cielo está azul; las nubes, soleadas, doradas, festivas, están más abajo y se han posado como una gran corona sobre el amplio círculo de montañas de alrededor. Es hermoso, fascinante, y la embarga un sentimiento, breve, muy breve, de felicidad, que la lleva a olvidar el objeto de su excursión. Un sentimiento breve, muy breve, demasiado breve. Uno tras otro, se traga los somníferos y, siguiendo su plan, baja de la cima hacia un bosque. Se encamina por un sendero, al cabo de diez minutos siente que se acerca el sueño y sabe que ha llegado el fin. Encima de su cabeza luce el sol, luminoso, luminoso. Como una actriz antes de que se levante repentinamente el telón, siente pánico. Se ve atrapada en un escenario iluminado del que se han cerrado todas las salidas.

Se sienta bajo un abeto, abre el bolso y saca un espejo. Es un pequeño espejo redondo, lo sostiene ante su rostro y se mira en él. Es hermosa, es muy hermosa, y no quiere abandonar esa belleza, no quiere perderla, quiere llevársela consigo, ay, está ya tan cansada, tan cansada, pero, aún cansada, se extasía ante su belleza, porque, en este mundo, es su más preciado bien.


Se mira en el espejo, luego ve cómo le tiemblan los labios. Es un movimiento descontrolado, un tic. Ha observado ya muchas veces esa reacción suya, la ha sentido sobre su rostro, pero es la primera vez que la ve. Al verla siente una doble emoción: emoción ante su belleza y emoción ante sus labios temblorosos; emoción ante su belleza y emoción ante la emoción que trastoca esa belleza y la deforma; emoción ante su belleza a la que llora su cuerpo. Siente una inmensa compasión por su belleza que pronto dejará de serlo, compasión por el mundo que tampoco ya será, que, ahora ya, no existe, que, ahora ya, es inaccesible, porque el sueño está ahí, se la lleva, levanta el vuelo llevándosela en brazos, arriba, muy arriba, hacia esa inmensa y cegadora claridad, hacia el cielo azul, luminosamente azul, hacia un firmamento sin nubes, un firmamento abrasado.

miércoles, 13 de mayo de 2015

La ignorancia - 20 - Milan Kundera

Una vez en la habitación, abrió el paquete que le había dado su hermano: un álbum de fotos de su infancia: su madre, su padre, su hermano y, en muchas, el pequeño Josef; lo deja a un lado para guardarlo. Dos libros ilustrados para niños; los tira a la papelera. El dibujo coloreado de un niño, con una dedicatoria: «Para el cumpleaños de mamá», y su firma estampada con torpeza; lo tira. Luego, un cuaderno. Lo abre: su diario de cuando estudiaba bachillerato. ¿Cómo fue a parar a casa de sus padres?

Las notas estaban fechadas en los primeros años del comunismo, pero —y ahí su curiosidad se llevó una pequeña decepción— no encuentra en ellas sino descripciones de citas con chicas del instituto. ¿Un libertino precoz? Pues no: un jovencito todavía virgen. Ojea distraídamente y se detiene en unos reproches que le dirigió a una chica: «Me has dicho que, en el amor, sólo cuenta lo carnal. Nena, si un hombre te confesara que de ti no desea más que tu carne, saldrías corriendo. Sólo entonces tal vez comprenderías cuán atroz es la sensación de soledad».

Soledad. Esta palabra vuelve con frecuencia. Intentaba asustar a las chicas trazando la espantosa perspectiva de la soledad. Para que le quisieran, las sermoneaba como un cura: sin sentimientos, la sexualidad se extiende como un desierto donde uno muere de tristeza.

Lee aquello y no se acuerda de nada. ¿Qué habrá venido a decirle ese desconocido? ¿Recordarle que, en aquel entonces, vivió aquí con su nombre? Josef se levanta y va hacia la ventana. La plaza está iluminada por un sol tardío, y la imagen de las dos manos entrelazadas en la gran medianera es esta vez perfectamente visible: una es blanca, la otra negra. Por encima, una sigla de tres letras promete «seguridad» y «solidaridad». No cabe duda de que aquello fue pintado después de 1989, cuando el país adoptó los lemas de los nuevos tiempos: fraternidad entre todas las razas; mezcla de todas las culturas; unidad de todo, unidad de todos.

¡Cuántas veces no habrá visto Josef carteles con manos entrelazadas! ¡El obrero checo estrechando la mano de un soldado ruso! Aunque odiada, esa imagen propagandística formaba parte incontestablemente de la Historia de los checos, que tenían miles de razones tanto para estrechar la mano como para rechazársela a los rusos o a los alemanes. Pero ¿una mano negra? En este país la gente apenas sabe que existen los negros. Su madre nunca había visto a uno en la vida.

Mira esas manos suspendidas entre el cielo y la tierra, enormes, mayores que el campanario de la iglesia, manos que volvieron a situar aquel lugar en un decorado brutalmente distinto. Inspecciona largamente la plaza a sus pies como si buscara las huellas que, siendo joven, dejara en el suelo cuando paseaba allí con sus condiscípulos.

«Condiscípulos»; pronuncia esa palabra lentamente, a media voz, para respirar el perfume (apagado, apenas sensible) de su primera juventud, de aquel tiempo pasado, perdido, tiempo abandonado, triste como un orfanato; pero, contrariamente a Irena en la ciudad francesa de provincias, no siente afecto alguno por ese pasado que, impotente, asoma en él; ningún deseo de regreso; tan sólo una ligera reserva; desapego.

Si fuera médico, dictaminaría sobre su caso el siguiente diagnóstico: «El enfermo padece insuficiencia de añoranza».

jueves, 30 de abril de 2015

La ignorancia - 2 - Milan Kundera

En griego, «regreso» se dice nostos. Algos significa «sufrimiento». La nostalgia es, pues, el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. La mayoría de los europeos puede emplear para esta noción fundamental una palabra de origen griego (nostalgia) y, además, otras palabras con raíces en la lengua nacional: en español decimos «añoranza»; en portugués, saudade. En cada lengua estas palabras poseen un matiz semántico distinto. Con frecuencia tan sólo significan la tristeza causada por la imposibilidad del regresar a la propia tierra. Morriña del terruño. Morriña del hogar. En inglés sería homesickness, o en alemán Heimweh, o en holandés heimwee. Pero es una reducción espacial de esa gran noción. El islandés, una de las lenguas europeas más antiguas, la distingue claramente dos términos: söknudur: nostalgia en su sentido general; y heimfra: morriña del terruño. Los checos, al lado de la palabra «nostalgia» tomada del griego, tienen para la misma noción su propio sustantivo: stesk, y su propio verbo; una de las frases de amor checas más conmovedoras es styska se mi po tobe: «te añoro; ya no puedo soportar el dolor de tu ausencia». En español, «añoranza» proviene del verbo «añorar», que proviene a su vez del catalán enyorar, derivado del verbo latino ignorare (ignorar, no saber de algo). A la luz de esta etimología, la nostalgia se ñ nos revela como el dolor de la ignorancia. Estás lejos, y no sé qué es de ti. Mi país queda lejos, y no sé qué ocurre en él. Algunas lenguas tienen alguna dificultad con la añoranza: los franceses sólo pueden expresarla mediante la palabra de origen griego (nostalgie) y no tienen verbo; pueden decir: je m’ennuie de toi (equivalente a «te hecho de menos» o «en falta»), pero esta expresión es endeble, fría, en todo caso demasiado leve para un sentimiento tan grave. Los alemanes emplean pocas veces la palabra «nostalgia» en su forma griega y prefieren decir Sehnsucht: deseo de lo que está ausente; pero Sehnsucht puede aludir tanto a lo que fue como a lo que nunca ha sido (una nueva aventura), por lo que no implica necesariamente la idea de un nostos; para incluir en la Sehnsucht la obsesión del regreso, habría que añadir un complemento: Sehnsucht nach der Vergangenheit, nach der verlorenen Kindheit, o nach der ersten Liebe (deseo del pasado, de la infancia perdida o del primer amor).

La Odisea, la epopeya fundadora de la nostalgia, nació en los orígenes de la antigua cultura griega. Subrayémoslo: Ulises, el mayor aventurero de todos los tiempos, es también el mayor nostálgico. Partió (no muy complacido) a la guerra de Troya, en la que estuvo diez años. Después se apresuró a regresar a su Ítaca natal, pero las intrigas de los dioses prolongaron su periplo, primero durante tres años llenos de los más fantásticos acontecimientos, y, después, durante siete años más, que pasó en calidad de rehén y amante junto a la ninfa Calipso, quien estaba tan enamorada de él que no le dejaba abandonar la isla.

Hacia el final del canto quinto de La Odisea, Ulises dice: «No lo lleves a mal, diosa augusta, que yo bien conozco cuán bajo de ti la discreta Penélope queda a la vista en belleza y en noble estatura. (...) Mas con todo yo quiero, y es ansia de todos mis días, el llegar a mi casa y gozar de la luz del regreso». Y sigue Homero: «Así dijo, ya el sol se ponía, vinieron las sombras y, marchando hacia el fondo los dos de la cóncava gruta, en la noche gozaron de amor uno al lado del otro».

Nada que pueda compararse a la vida de la pobre emigrada que había sido Irena durante mucho tiempo. Ulises vivió junto a Calipso una auténtica dolce vita, una vida fácil, una vida de alegrías. Sin embargo, entre la dolce vita en el extranjero y el arriesgado regreso al hogar eligió el regreso. A la apasionada exploración de lo desconocido (la aventura) prefirió la. apoteosis de lo conocido (el regreso). A lo infinito (ya que la aventura nunca pretende tener un fin) prefirió el fin (ya que el regreso es la reconciliación con lo que la vida tiene de finito).

Sin despertarlo, los marinos de Feacia depositaron a Ulises envuelto en sábanas en la playa de Ítaca, al pie de un olivo, y se fueron. Así terminó el viaje. Él dormía, exhausto. Cuando se despertó no sabía dónde estaba. Pero Atenea despejó la bruma de sus ojos y a él le embargó la ebriedad; la ebriedad del Gran Regreso; el éxtasis de lo conocido; la música que hizo vibrar el aire entre el cielo y la tierra: vio la ensenada que conocía desde la infancia, las dos montañas que la rodean, y acarició el viejo olivo para asegurarse de que seguía siendo el mismo de hacía veinte años.

En 1950, cuando hacía catorce años que Arnold Schönberg vivía en Estados Unidos, un periodista norteamericano le formuló algunas preguntas malintencionadamente ingenuas: ¿es cierto que la emigración debilita en los artistas su fuerza creadora, que su inspiración se agota en cuanto dejan de alimentarle las raíces de su país natal? 

¡Imagínense! ¡Tan sólo cinco años después del Holocausto, el periodista norteamericano no le perdona a Schönberg su falta de apego a la tierra en la que, ante sus propios ojos, se había puesto en marcha el horror de los horrores! Pero no puede evitarse. Homero glorificó la nostalgia con una corona de laurel y estableció así una jerarquía moral de los sentimientos. En ésta, Penélope ocupa un lugar más alto, muy por encima de Calipso.

¡Calipso, ah, Calipso! Pienso muchas veces en ella. Amó a Ulises. Vivieron juntos durante siete años. No sabemos cuánto tiempo compartió Ulises su lecho con Penélope, pero seguramente no fue tanto. Aun así, se suele exaltar el dolor de Penélope y menospreciar el llanto de Calipso.

miércoles, 22 de abril de 2015

45 - Breviario de los vencidos - E.M. Cioran

Las mortales únicamente tienen dos brazos. Y confían apresarte con ellos. Y te susurran palabras que valen para un corazoncito cualquiera, te envuelven con caricias ocasionales y tú, yaces febril y lúcido, como una astilla desprendida del alma del mundo. Ellas saben mejor que nosotros que las mentiras del amor son el único barniz de existencia en la infinita irrealidad. La naturaleza les proporcionó los medios para chantajear a la existencia y abusan de ello desmesuradamente. Nosotros caemos en la trampa y manchamos un infinito del que no hemos sido dignos. 

El mundo llora en ti la ruptura de eternidad y las mujeres que lo pisan te vuelven loco. ¿Cómo conciliar un conflicto tan doloroso? Odias el devenir y lo amas. La eternidad, como el tiempo, es sucesivamente pecado y liberación. En la proximidad de la carne sueñas con los fundamentos del mundo y, a su sombra, con la cercanía de la embriaguez perecedera. 

No puedes rodearte de una valla y encerrarte dentro. ¿Qué estacas ibas a poner a tu alrededor si brisas sonoras te traspasan más allá del borde de la empalizada de la muerte?

Carcomido por las resistencias del destino y por las fracturas del espíritu, te cubres con la melodía de la limitación. Ya no tienes escapatoria. Estás amenazado por todos los finales y morirás de todas las muertes. 

¿Hay algún sendero donde no te hayan herido? Tu corazón late en un tiempo enfermo. Te reconoces en los instantes y ellos te reconocen a ti. El devenir es una infinitud de espinas. Los manantiales de la vida están llenos de inmundicias y los pozos del alma de aguas negras. ¿Cómo construirías allí un hospicio del cerebro? El espíritu y el tiempo hieden. Huérfano de la naturaleza y de ti mismo, la locura es un techo más seguro que la muerte en un mundo que no encuentra refugio en la razón. 

Amar apasionadamente la vida, y luego deambular implorándole compasión a ti mismo por la ausencia ilimitada nacida de tu vacío, infame jardinero de la nada, sembrador de violetas y de pus... 

El hombre es un sembrador de sinsentidos en el que la cizaña es tan fecunda y brillante como las mieses. Y en medio de los sinsentidos se yergue el mayor: un santo sensual.

martes, 21 de abril de 2015

44 - Breviario de los vencidos - E.M. Cioran

Como una fiera perdida entre los encantos de la naturaleza, no hallas la paz en ninguna parte. La sima que hay entre el alma y los sentidos hace del destino sinónimo de condena. Todos los apetitos te torturan. En la nada absoluta el ojo crearía praderas, el oído sonidos, el olfato aromas y el tacto placeres, ya que los deseos urden un universo desmentido incesantemente por la razón. El alma dice: “Nada”, los sentidos: “Goce”.

Los dolores y hacen que tus apetitos se emborrachen de mundo. En vano tu pensamiento rechaza sus construcciones; la pasión las sigue empujando. El deseo segrega el mundo y la razón, con vana obstinación, tiende un toldo de irrealidad sobre la urdimbre de existencia de los sentidos.

¿No sientes que cuando te sumerges implacablemente en la nada, la nada es, que respira tiembla y se arremolina? La maldición del ser no es más débil que la del no-ser. ¿Cuál sería tu paz si te dejaras llevar difícilmente por una o te malquistaras con la otra? Pero tanto en el alma como en los sentidos se enfrentan fuerzas igualmente grandes. No encontrarás puertos donde fondear en tu errante travesía. ¡Tú lo que quieres es morir! ¿Pero alguna vez hubo más inmortalidad en el deseo de morir y más eternidad en el ansia por el fin?

También yo seré carroña, como todos vosotros, compañeros de frivolidad, pero ninguna losa sepulcral aplastar un corazón que no ha muerto devorado por las llamas. Los miembros, desprovistos del sortilegio de la vida, descansaran en la morada eterna; pero ninguna huesa ser· mazmorra para un alma, signo de la admiración que unía una tierra y un cielo. Cárcel de la altivez es la muerte, pero esta es impotente cuando el fuego funde sus cerrojos. Los estremecimientos del hombre sacaran de sus goznes las puertas que se cierran sobre los instantes de la vida.

El que no siente en sí mismo unas fuerzas hurgando en los corazones adormecidos por los cementerios del tiempo, el que no siente que él es la escalera por la que bajan ·ángeles malditos o por la que suben las angustias de los réprobos a comulgar con la paz del desierto celeste, ese, antes de abandonar las entrañas maternas, comulgó como esclavo de la muerte.

Se como una flor en cuyo tallo languideciera un relámpago cansado. Que se te pongan los dientes largos al escuchar melodías negras y cuida en tus tinieblas inocentes las convalecencias del diablo.

Usa la música para derribar el honor y la obstinación del Astro, acércalo a las ruindades del alma, transforma su calor en perdición, para que, volviendo sus rayos hacia sí mismo, descubra que es más mendaz que el corazón.

domingo, 19 de abril de 2015

15 - breviario de los vencidos - E.M. Cioran

El deseo de desaparecer, porque las cosas desaparecen, emponzoño tan atrozmente mi sed de ser que, en medio de los resplandores del tiempo, el aliento se apagaba y el ocaso de la naturaleza me envolvía con multitud de sombras. Y como veía el tiempo en todas las cosas, esperaba salvarlas a todas del tiempo.

La necesidad de convertir a los seres en eternos por medio de la adoración, la premura por elevarlos, por exceso de corazón, de su destrucción natural, me parecía la única labor apreciable. No se de nada que yo haya amado sin odiarlo a la vez por no poderlo sustraer, mediante el baile de llamas de mi alma, a la ley de su aniquilación. Quise que todo fuera. Y todo era únicamente en la fugacidad de mis fiebres. El mundo se me escapaba porque el mundo ya no era. Las lágrimas no derramadas no cuajaban en lo invisible por las miserias de aquí; morían en mí, tristes, por la ineficacia del éxtasis. ¿Por qué no se encadenan en el tiempo "trozos de paraíso"? ¿Es que en mí no mora bastante eternidad?

Hay que ser dadivoso con el mundo. Consumirse derrochando existencia por él. El mundo no está en ninguna parte. Respira gracias a nuestra largueza. Las mismísimas flores no florecerÌan sin nuestra sonrisa. La avaricia de nuestros dones reduce la naturaleza a idea y, si ponemos sordina a nuestros sentidos, los árboles no vuelven a echar hojas. El alma mantiene las apariencias que ponen celosa a la irrealidad. Pues el mundo es la modificación, hacia fuera, de nuestra soledad.

La adoración endioso a Dios. también ella hace de los paisajes sombras de absoluto. Efluvios de sensaciones hacen palidecer el cielo ante la tierra: los encantos de la existencia de alimentan de las melodías del alma y, desde lo hondo de las cuevas, oyes la armonía de los astros.

He servido en mi vida a muchos amos y he esculpido mi imagen de cada momento. Si las cosas extintas supiesen cuánto las he amado se procurarían un alma sólo para llorarme. Ninguna de las cosas del mundo podrá acusarme de indolencia. Y así me deslice febril y cansado por su nada.

El reclamo y la melodía de la tierra penetraban en los pensamientos de los que ésta estaba ausente. Yo estaba, como el apóstol, enterrado con Jesús en Dios, y el parpadeo de cualquier mujer bastaba para arraigarme inmediatamente en el tiempo. Al límite de la negación, recogía flores y mi corazón al desgajarse esbozaba invisibles gestos de abrazos. El Padre fue mi amo y quizá también el Hijo, el Diablo y el Tiempo, la Eternidad y las otras perdiciones. Me postre ante las caras del mundo fanático de la obediencia, siervo de lo fútil, sometido a los ídolos. Porque el devenir es una sarta de templos en los que furtivamente me puse de hinojos, entre sus ruinas dejé mis huellas y no me queda ya más que esta alma, ruina de saciedad.

¿Por qué no esta el corazón en situación de redimir al mundo? ¿Por qué no cambia las cosas en una inmutabilidad perfumada?

Acuden a mi mente las palabras de aquel amigo en la vertiente de no sé qué Cárpatos: «Tú eres desdichado porque la vida no es eterna»

viernes, 17 de abril de 2015

1 - Breviario de los vencidos - E.M. Cioran

Con ansia y amargura, he intentado cosechar los frutos del cielo y no he podido. Se elevaban hacia no se qué otro cielo cuando les tendía mis manos golosas de su abundancia. 

Las ramas de las bóvedas se comban sobre las esperanzas de nuestras plegarias; cuando éstas callan, aquellas pierden sus frutos. Tampoco brotan flores en el cielo ni las vides dan fruto. 

Dios, como notiene nada que guardar en su casa, de aburrimiento y enojo, deja yermos los jardines del hombre. 

No, no; no es la visión de los astros lo que me deslumbrara. Bastante luz he perdido mendigando a las alturas. Harto de toda laya de cielos, he dejado mi alma a merced de los ornamentos del mundo

viernes, 27 de marzo de 2015

Al sur de la frontera, al oeste del sol - Haruki Murakami

Ella estaba en el sofá, sentada sobre ambas piernas. Con un codo apoyado en el respaldo, escuchaba la música con los ojos perdidos en la lejanía. 
—Oye, ¿crees que es verdad lo que dicen? —me preguntó—. ¿Que los padres que sólo tienen un hijo no se llevan bien? 
Reflexioné un instante. Pero no logré establecer la relación causa—efecto. 
— ¿De dónde has sacado tú eso? 
—Me lo dijo alguien. Hace mucho tiempo. Que los padres que no se llevan bien sólo tienen un hijo. Al oírlo, me puse muy triste. 
—Umm. 
—¿Tu madre y tu padre se llevan bien? 
No pude responder enseguida. Jamás se me había ocurrido planteármelo. —En el caso de mi familia es que mi madre no era muy fuerte —le expliqué—. No lo sé muy bien, pero me parece que dar a luz a otro hijo era una carga excesiva para su cuerpo y por eso ya no pudo tener más.
—¿Te has preguntado alguna vez cómo sería si tuvieras hermanos? 
—No. 
—¿Y por qué? ¿Por qué no? 
Tomé la funda del disco de encima de la mesa y la miré. Pero estaba demasiado oscuro para poder leer lo que ponía. Volví a dejarla sobre la mesa y me froté varias veces los ojos con la muñeca. Mi madre, en cierta ocasión, me había preguntado lo mismo. Y mi respuesta ni la alegró ni la entristeció. Se limitó a poner cara de extrañeza. Sin embargo, al menos para mí, la respuesta no podía haber sido más honesta y sincera. 
Fue una respuesta larga. No había sabido expresarme con mayor precisión. Pero lo que había pretendido decirle era: «El yo que está ahora aquí ha crecido sin hermanos. Si hubiera tenido alguno, sería distinto a como es ahora, así que preguntar al yo que ahora está aquí qué le parecería haber tenido hermanos es antinatural»

...
—Sí —dijo Shimamoto—. En este mundo hay cosas que son recuperables y otras que no. Y el paso del tiempo es algo definitivo. Una vez has llegado hasta aquí, ya no puedes retroceder. ¿No crees? —Asentí—. A mí me parece que con el paso del tiempo hay cosas que se solidifican. Como el cemento dentro de un cubo. Y entonces ya no se puede retroceder. Lo que quieres decir es que el cemento que tú eres ya ha fraguado del todo y que no es posible ningún otro tú que el de ahora, ¿no es así? 
—Sí, eso debe de ser —respondí con aire dubitativo. 
Shimamoto se quedó abstraída contemplándose las manos.

martes, 20 de enero de 2015

Rayuela 54 - Julio Cortazar

Desde la ventana de su cuarto en el segundo piso Oliveira veía el patio con la fuente, el chorrito de agua, la rayuela del 8, los tres árboles que daban sombra al cantero de malvones y césped, y la altísima tapia que le ocultaba las casas de la calle. El 8 jugaba casi toda la tarde a la rayuela, era imbatible, el 4 y la 19 hubieran querido arrebatarle el Cielo pero era inútil, el pie del 8 era un arma de precision, un tiro por cuadro, el tejo se situaba siempre en la posición más favorable, era extraordinario. Por la noche la rayuela tenía como una débil fosforescencia y a Oliveira le gustaba mirarla desde la ventana. En la cama, cediendo a los efectos de un centímetro cúbico de hipnosal, el 8 se estaría durmiendo como las cigüeñas, parado mentalmente en una sola pierna, impulsando el tejo con golpes secos e infalibles, a la conquista de un cielo que parecía desencantarlo apenas ganado. «Sos de un romanticismo inaguantable» se pensaba Oliveira, cebando mate. «¿Para cúando el piyama rosa?» Tenía sobre la mesa una cartita de Gekrepten inconsolable, de modo que no te dejan salir más que los sábado, pero esto no va a ser una vida, querido, yo no me resigno a estar sola tanto tiempo, si vieras nuestra piecita. Apoyando el mate en el antepecho de la ventana, Oliveira sacó una Birome del bolsillo y contestó la carta. Primero, había teléfono (seguía el número), segundo, estaban muy ocupados, pero la reorganización no llevaría más de dos semanas y entonces podrían verse por lo menos los miércoles, sábados y domingos. Tercero, se le estaba acabando la yerba. «Escribo como si me hubieran encerrado», pensó echando una firma. Eran casi las once, pronto le tocaría relevar a Traveler que hacia guardia en el tercer piso. Cebando otro mate, releyó la carta y pegó el sobre. Prefería escribir, al teléfono era un instrumento confuso en manos de Gekrepten, no entendía nada de lo que se le explicaba.
    En el pabellón de la izquierda se apagó la luz de la farmacia. Talita salió al patio, cerró con llave (se la veía muy bien a la luz del cielo estrellado y caliente) y se acercó indecisa a la fuente. Oliveira le silbó bajito, pero Talita siguió mirando el chorro de agua, y hasta acercó un dedo experimental y lo mantuvo un momento en el agua. Después cruzó el patio, pisoteando sin orden la rayuela, y desapareció debajo de la ventana de Oliveira. Todo había sido un poco como en las pinturas de Leonora Carrington, la noche con Talita y la rayuela, un entrecruzamiento de líneas ignorándose, un chorrito de agua en una fuente. Cuando la figura de rosa salió de alguna parte y se acercó lentamente a la rayuela, sin atreverse a pisarla, Oliveira comprendió que todo volvía al orden, que necesariamente la figura de rosa elegiría una piedra plana de las muchas que el 8 amontonaba al borde del cantero, y que la Maga, porque era la Maga, doblaría la pierna izquierda y con la punta del zapato proyectaría el tejo a la primera casilla de la rayuela. Desde lo alto veía el pelo de la Maga, la curva de los hombros y cómo levantaba a medias los brazos para mantener el equilibrio, mientras con pequeños saltos entraba en la primera casilla, impulsaba el tejo hasta la segunda (y Oliveira tembló un poco porque el tejo había estado a punto de salirse de la rayuela, una irregularidad de las baldosas lo detuvo exactamente en el límite de la segunda casilla), entraba livianamente y se quedaba un segundo inmóvil, como un flamenco rosa en la penumbra, antes de acercar poco a poco el pie al tejo, calculando la distancia para hacerlo pasar a la tercera casilla.
Talita alzó la cabeza y vio a Oliveira en la ventana. Tardó en reconocerlo, y entretanto se balanceaba en una pierna, como sosteniéndose en el aire con las manos. Mirándola con un desencanto irónico, Oliveira reconoció su error, vio que el rosa no era rosa, que Talita llevaba una blusa de un gris ceniciento y una pollera probablemente blanca. Todo se (por así decirlo) explicaba: Talita había entrado y vuelto a salir, atraída por la rayuela, y esa ruptura de un segundo entre el pasaje y la reaparición había bastado para engañarlo como aquella otra noche en la proa del barco, como a lo mejor tantas otras noches. Contesto apenas al ademán de Talita, que ahora bajaba la cabeza concentrándose, calculaba, y el tejo salía con fuerza de la segunda casilla y entraba en la tercera, enderezándose, echando a rodar de perfil, saliéndose de la rayuela, una o dos baldosas fuera de la rayuela.
— Tenés que entrenarte más -dijo Oliveira- si le querés ganar al 8.
—¿Qué hacés ahí?
— Calor. Guardia a las once y media. Correspondencia.
— Ah -dijo Talita-. Qué noche.
— Mágica -dijo Oliveira, y Talita se rió brevemente antes de desaparecer bajo la puerta. Oliveira la oyó subir la escalera, pasar frente a su puerta (pero a lo mejor estaba subiendo en el ascensor), llegar al tercer piso. «Admití que se parece bastante», pensó. «Con eso y ser un cretino todo se explica al pelo.» Pero lo mismo se quedó mirando un rato el patio, la rayuela desierta, como para convencerse. A las once y diez vino Traveler a buscarlo y le pasó el parte. El 5 bastante inquieto, avisarle a Ovejero si se ponía molesto; los demás dormían.
    El tercer piso estaba como un guante, y hasta el 5 se había tranquilizado. Aceptó un cigarrillo, lo fumó aplicadamente y le explicó a Oliveira que la conjuración de los editores judíos retardaba la publicación de su gran obra sobre los cometas; le promerió un ejemplar dedicado. oliveira le dejó la puerta entornada porque le conocía las mañas, y empezó a ir y venir por el pasillo, mirando de cuando en cuando los ojos por los ojos mágicos instalados gracias a la astucia de Ovejero, el administrador, y la casa Liber & Finkel: cada cuarto un diminuto Van Eyck, salvo el de la 14 que como siempre había pegado una estampilla contra el lente. A las doce llegó Remorino con varias ginebras a medio asimilar; charlaron de caballos y de fútbol, y después Remorino se fue a dormir un rato a la planta baja. El 5 de había calmado del todo, y el calor apretaba en el silencio y la penumbra del pasillo. La idea de que alguien tratara de matarlo no se le habia ocurrido hasta ese momentoa Oliveira, pero le bastó un dibujo instantáneo, un esbozo que tenía más de escalofrío que de otra cosa, para darse cuente de que no era una idea nueva, que no se derivaba de la atmósfera del pasillo con sus puertas cerradas y la sombre de la caja del montacargas en el fondo. Lo mismo se le podía haber ocurrido a mediodía en el almacén de Roque, o en el subte a las cinco de la tarde. O mucho antes, en Europa, alguna noche de vagancia por las zonas francas, los baldíos donde una lata vieja podía servir para tajear una garganta por poco que las dos pusieran buena voluntad. Deteniéndose al lado del agujero del montacargas miró el fondo negro y pensó en los Campos Flegreos, otra vez en el acceso. en el circo había sido al revés, un agujero en lo alto, la apertura comunicando con el espaci abierto, figura de consumación; ahora estaba al borde del pozo, agujero de Eleusis, la clínica envuelta en vapores de calor acentuaba el pasaje negativo, los vapores de solfatara, el descenso. Dándose vuelta vió la recta del pasillo hasta el fondo, con la débil luz de las lámparas violeta sobre el marco de las puertas blancas. Hizo una cosa tonta: encogiéndo la pierna izquierda avanzó a pequeños saltos por el pasillo, hasta la altura de la primera puerta. Cuando volvió a apoyar el pie izquierdo sobre el linóleo verde, estaba bañado en sudor. A cada salto había repetido entre dinetes el nombre de Manú. «Pensar que yo había esperado un pasaje», se dijo apoyándose en la pared. Imposible objetivar la primera fracción de un pensamiento, sin encontralo grotesco. Pasaje, por ejemplo. Pensar que él había esperado. Esperado un pasaje. Dejándose resbalar, se sentó en el suelo y miró fijamente el linóleo. ¿Pasaje a qué? ¿Y por qué la clínica tenía que servirle de pasaje? ¿Qué clase de templos andaba necesitando, qué intercesores, qué hormonas psíquicas o morales que lo proyectaran fuera o dentro de sí?
    Cuando llegó Talita trayendo un vaso de limonada (esas ideas de ella, ese lado maestrita de los obreros y La Gota de Leche), le hablo en seguida del asunto. Talita no se sorprendía de nada; sentándose frente a él lo miró beberse la limonada de un trago. 
— Si la Cuca nos viera tirados en el suelo le daría un ataque. Qué manera de montar guardia, vos. ¿Duermen?
— Sí. Creo. La 14 tapo la mirilla, andá a saber qué está haciendo. Me da no sé qué abrirle la puerta, che.
— Sos la delicadeza misma -dijo Talita-. Pero yo, de mujer a mujer ...
Volvió casi enseguida, y este vez se instaló al lado de Oliveira para apoyarse en la pared.
— Duerme castamente. El pobre Manú tuvo una pesadilla horrorosa. Siempre pasa lo mismo, se vuelve a dormir pero yo me quedo tan trastornada que acabo por levantarme. Se me ocurrió que tendrías calor, vos o Remorino, entonces les hice limonada. Qué verano, y con esas paredes ahí fuera que cortan el aire. De manera que me parezco a esa otra mujer.
— Sos Un poco, sí -dijo Oliveira- pero no tiene ninguna importancia. Lo que me gustaría saber es por qué te vi vestida de rosa.
— Influencias ambientales, la asimilaste a los demás.
— Sí. Eso era más bien fácil, todo bien considerado. Y vos, ¿por qué te pusiste a jugar a la rayuela? ¿También te asimilaste?
— Tenés razón -dijo Talita-. ¿Por qué me habré puesto? A mí en realidad no me gustó nunca la rayuela. Pero no te fabriques una de tus teorías de poseción, yo no soy el zombie de nadie.
— No hay necesidad de decirlo a gritos.
— De nadie -repitió Talita bajando la voz-. Ví la rayuela al entrar. Había una piedrita ... Jugué y me fui.
— Perdiste en la tercera casilla. A la Maga le hubiera pasado lo mismo, es incapaz de perseverar, no tiene el menor sentido de las distancias, el tiempo se las hace trizas en las manos, anda a los tropezones con el mundo. Gracias a lo cual, te lo digo de paso, es absolutamente perfecta en su manera de denunciar la falsa perfección de los demás. Pero yo te estaba hablando del montacargas, me parece.
— Sí, dijiste algo y después te bebiste la limonada. No, esperá, la limonada te la bebiste antes.
— Probablemente me traté de infeliz, cuando llegaste estaba en pleno trance shamánico, a punto de tirarme por el agujero para terminar de una vez con las conjeturas, esa palabra esbelta.
— El agujero acaba en el sótano -dijo Talita-. Hay cucarachas si te interesa saberlo, y trapos de colores por el suelo. Todo está húmedo y negro, y un poco más lejos empiezan los muertos. Manú me contó.
— ¿Manú esta durmiendo?
— Sí. Tuvo una pesadilla, gritó algo de una corbata perdida. ya te conté.
— Es una noche de grandes confidencias -dijo Oliveira, mirándola despacio.
— Muy grandes -dijo Talita-. La Maga era solamente un nombre, y ahora ya tiene una cara. Todavía se equivoca en el color de la ropa, parece.
— La ropa es lo de menos, cuando la vuelva a ver andá a saber lo que tendrá puesto. Estará desnuda, o andara con su chico en brazos cantándole Les amants du Havre, una canción que no conocés.
— No te creas -dijo Talita-. La pasaban bastante seguido por Radio Belgrano. La-lá-la, la-lá-la ...
Oliveira dibujó una bofetada blanca, que acabó en caricia. Talita echó la cabeza para atrás y se golpeó contra la pared del pasillo. Hizo una mueca y se frotó la nuca, pero siguió tarareando la melodía. Se oyó un click y después un zumbido que parecía azul en la penumbra del pasillo. Oyeron subir el montacargas, se miraron apenas antes de levantarse de un salto. A esa hora quién podía ... Click, el paso del primer piso, el zumbido azul. Talita retrocedió y se puso detrás de Oliveira. Click. El piyama rosa se distinguía perfectamente en el cubo de cristal enrejado. Oliveira corrió al montacargas y abrió la puerta. Salió una bocanada de aire casi frío. El viejo lo miró como si no lo conociera y siguió acariciando la paloma, era fácil comprender que la paloma había sido alguna vez blanca, que la continua caricia de la mano del viejo la había vuelto de gris ceniciento. Inmóvil, con los ojos entornados, descansaba en el hueco de la mano que la sostenía a la altura del pecho, mientras los dedos pasaban una y otra vez del cuello hasta la cola, del cuello hasta la cola.
— Vaya a dormir, don López -dijo Oliveira, respirando fuerte.
— Hace calor en la cama -dijo don López-. Mírela como está contenta cuando la paseo.
— Es muy tarde. Váyase a su cuarto.
— Yo le llevaré una limonada fresca -prometió Talita Nightingale.
Don López acarició la paloma y salió del montacargas. Lo oyeron bajar la escalera.
— Aquí cada uno hace lo que quiere -murmuró Oliveira cerrando la puerta del montacargas-. En una de esas va a haber un degüello general. Se lo huele, qué querés que te diga. Esa paloma parecía un revólver.
— Habría que avisarle a Remorino. El viejo venía del sótano, es raro.
— Mirá, quedate un momentito aqui vigilando, yo bajo al sótano a ver, no sea que algún otro esté haciendo macanas.
— Bajo con vos.
— Bueno, total éstos duermen tranquilos.
    Dentro del montacargas la luz era vagamente azul y se bajaba con un zumbido de science-fiction. En el sótano no había nadie vivo, pero una de las puertas del refrigerador estaba entornada y por la ranura salía un chorro de luz. Talita se paró en la puerta, con una mano contra la boca, mientras Oliveira se acercaba. Era el 56, se acordaba muy bien, la familia tenía que estar al caer de un momento a otro. Desde Trelew. Y entre tanto el 56 había recibido la visita de un amigo, era de imaginar la conversación con el viejo de la paloma, uno de esos pseudodiálogos en que al interlocutor lo tiene sin cuidado que el otro hable o no hable siempre que esté ahí delante, siempre que haya algo ahí delante, cualquier cosa, una cara, unos pies saliendo del hielo. Como acababa de hablarle él a Talita contándole lo que había visto, contándole que tenía miedo, hablando todo el tiempo de agujeros y de pasajes, a Talita o a cualquier otro, a un par de pies saliendo del hielo, cualquier apariencia antagónica capaz de escuchar y asentir. Pero mientras cerraba la puerta de la heladera y se apoyaba sin saber por qué en el borde de la mesa, un vómito de recuerdo empezó a ganarlo, se dijo que apenas un día o dos atrás le había parecido imposible llegar a contarle nada a Traveler, un mono no podía contarle nada a un hombre, y de golpe, sin saber cómo, se había oído hablándole a Talita como si fuera la Maga, sabiendo que no era pero hablándole de la rayuela, del miedo en el pasillo, del agujero tentador. Entonces (y Talita estaba ahí, a cuatro metros, a sus espaldas esperando) eso era como un fin, la apelación a la piedad ajena, al reingreso en la familia humana, la esponja cayendo con un chasquido repugnante en el centro del ring. Sentía como si se estuviera yendo de sí mismo, abandonándose para echarse -hijo (de puta) pródigo- en los brazos de la fácil reconciliación, y de ahí la vuelta todavía más fácil al mundo, a la vida posible, al tiempo de sus años, a la razón que guía las acciones de los argentinos buenos y del bicho humano en general. Estaba en su pequeño, cómodo Hades refrigerado, pero no había ninguna Eurídice que buscar, aparte de que había bajado tranquilamente en montacargas y ahora, mientras abría una heladera y sacaba una botella de cerveza, piedra libre para cualquier cosa con tal de acabar esta comedia.
— Vení a tomar un trago -invitó-. Mucho mejor que tu limonada.
Talita dió un paso y se detuvo.
— No seas necrófilo -dijo-. Salgamos de aquí.
— Es el único lugar fresco, reconocé. Yo creo que me voy a traer un catre.
— Estás pálido de frío -dijo Talita, acercándose-. Vení, no me gusta que te quedes aquí.
— ¿No te gusta? No van a salir de ahí para comerme, los de arriba son peores.
— Vení Horacio -repitió Talita-. No quiero que te quedes aquí.
— Vos ... -dijo Oliveira mirándola colérico, y se interrumpió para abrir la cerveza con un golpe de la mano contra el borde de una silla. Estaba viendo con tanta claridad un boulevard bajo la lluvia, pero en vez de ir llevando a alguien del brazo, hablándole con lástima, era a él que lo llevaban, compasivamente le habían dado el brazo y le hablaban para que estuviera contento, le tenían tanta lástima que era positivamente una delicia. El pasado se invertía, cambiaba de signo, al final iba a resultar que La Piedad no estaba liquidando. Esa mujer jugadora de rayuela le tenía lástima, era tan claro que quemaba.
— Podemos seguir hablando en el segundo piso -dijo ilustrativamente Talita-. Traé la botella, y me das un poco.
— Oui madame, bien sûr madame -dijo Oliveira.
— Por fin decís algo en francés. Manú y yo creíamos que habías hecho una promesa. Nunca ...
— Assez -dijo Oliveira-. Tu m'as eu, petite. Céline avait raison, on se croit enculé d'un centimètre et on l'est déjà de plusieurs mètres.
Talita lo miró con la mirada de los que no entienden, pero su mano subió sin que la sintiera subir, y se apoyó un instante en el pecho de Oliveira. Cuando la retiró, él se puso a mirarla como desde abajo, con ojos que venían de algún otro lado.
Andá a saber -le dijo Oliveira a alguien que no era Talita-. Andá a saber si no sos vos la que esta noche me escupe tanta lástima. Andá a saber si en el fondo no hay que llorar de amor hasta llenar cuatro o cinco palanganas. O que te las lloren, como te las están llorando.
Talita le dió la espalda y fue hacia la puerta. Cuando se detuvo a esperarlo, desconcertada y al mismo tiempo necesitando esperarlo porque alejarse de él en ese instante era como dejarlo caer en el pozo (con cucarachas, con trapos de colores), vio que sonreía y que támpoco la sonrisa era para ella. Nunca lo había visto sonreir así, desventuradamente y a la vez con toda la cara abierta y de frente, sin la ironía habitual, aceptando alguna cosa que debía llegarle desde el centro de la vida, desde ese otro pozo (¿con cucarachas, con trapos de colores, con una cara flotando en un agua sucia?), acercándose a ella en el acto de aceptar esa cosa innominable que lo hacía sonreír. Y tampoco su beso era para ella, no ocurría allí grotescamente al lado de una heladera llena de muertos, a tan poca distancia de Manú durmiendo. Se estaban como alcanzando desde otra parte, con otra parte de sí mismos, y no era de ellos que se trataba, como si estuvieran pagando o cobrando algo por nosotros, como si fueran los golems de un encuentro imposible entre sus dueños. Y los Campos Flegreos, y lo que Horacio había murmurado sobre el descenso, una insensatez tan absoluta que Manú y todo lo que era Manú y estaba en el nivel de Manú no podía participar de la ceremonia, porque lo que empezaba ahí era como la caricia a la paloma, como la idea de levantarse para hacerle una limonada a un guardián, como doblar una pierna y empujar un tejo de la primera a la segunda casilla, de la segunda a la tercera. De alguna manera habían ingresado en otra cosa, en ese algo donde se podía estar de gris y ser de rosa, donde se podía haber muerto ahogada en un río (y eso ya no lo estaba pensando ella) y asomar en una noche de Buenos Aires para repetir en la rayuela la imagen misma de lo que acaban de alcanzar, la última casilla, el centro del mandala, el Ygdrassil vertiginoso por donde se salía a una playa abierta, a una extensión sin límites, al mundo debajo de los párpados que los ojos vueltos hacia adentro reconocían y acataban.